Hola a todos,

¡Hoy me desmoroné!

Hoy es domingo, un día después de la Conferencia en Laurel, Maryland de Terapias de Poder; y Deborah Mitnick (una de nuestras alumnas de primera clase) fue muy amable en llevarme en auto hasta Washington D.C. a ver la “Pared de Vietnam”.

La primera vez que la vi fue en un viaje de negocios a Washington, D.C. ¡y también me desmoroné en aquella ocasión! En verdad fue una experiencia fuerte. Una larga pared en la que los nombres de los caídos en Vietnam están grabados. Muchas personas alrededor. Silencio. Respeto. Reverencia. Personas pasando sus dedos por la pared marcada con los nombres de sus seres queridos (amigos, esposos, padres, hijos…).

Había flores puestas al pie de la pared, bajo los nombres de algunos. Una corona de flores fue colocada cerca, con los nombres de un batallón entero. La corona era evidencia del amor aun en tiempos de guerra, de la camaradería aún en tiempos de conflicto. También colocada al pie de la pared había una bolsita que contenía un brazalete de metal. Alguien, un ser querido, lo había colocado allí. Lo recogí y lo mire. En el había grabado este dato:

Cap. Laurent Gourley… 8-6-69.

Sentí un nudo en la garganta.

Aunque no conocí al Capitán Laurent Gourley, conocí a muchos como él. Me refiero a los veteranos con TEPT (Trastorno por Estrés Postraumático) en la Administración de Veteranos que Adrienne y yo visitamos en 1994 (20 en total, de los cuales sólo 6 accedieron a ser filmados). Estos hombres fueron a la guerra y sobrevivieron. No eran oficiales, como el Capitán Gourley. Eran hombres reclutados, ellos se llaman a si mismos “ground pounders” (expresión alusiva a hacer el trabajo fuerte, sin mucho entrenamiento).

Vi esta pared. Vi la corona. Vi el brazalete del Capitan Laurent Gourle… ¡y me desmoroné! Fui a un sitio en el que recliné mi cabeza en un poste y rompí a llorar. Así como lo digo. De alguna manera, necesité hacerlo. Empecé a hacerme tapping pero lo dejé pues decidí que prefería llorar. ¿Por qué? No lo sé. De alguna forma, razoné que era necesario hacerlo. En parte, mis lágrimas se relacionaban con recuerdos conmovedores que Adrienne y yo tuvimos con nuestros veteranos de Vietnam – Rich, Robert, Anthony, Philip, Gary, Ralph y muchos otros: Sus pesadillas, sus recuerdos intrusos, sus jaquecas, su TEPT y otros dolores que ocupaban sus vidas constantemente. A pesar de esto, eran seres humanos amorosos que se mostraban cariño y unión entre sí. La unión entre ellos era algo que la mayoría de nosotros nunca hemos experimentado, tan solo hemos oído. La mayor parte de ellos tenía temor de sus recuerdos, temor de una sociedad que les estaba dando la espalda, temor de tratar de sostenerse económicamente llevando tal carga emocional. En lo personal, siento una satisfacción profunda de poder ayudarlos.

Más que nada, tal experiencia con estos maravillosos veteranos de guerra, me ha inspirado a agilizar el difundir estos procedimientos de EFT mundialmente. Este hecho se trajo a mi memoria cuando estaba allá “en la larga pared” que mencioné al principio.

Al costado de aquella pared había unas estatuas de bronce. Una de estas era de tres soldados que miraban hacia el horizonte. Eran jóvenes, casi niños, a quienes la juventud se les había desvanecido. Su ojos tristes parecían decir: “Estoy luchando por mi país… al menos eso creo” Eran de diversas razas, y sin embargo eran uno sólo de cierta forma que va mas allá de las fronteras del color de la piel. Uno de ellos era de raza negra, otro hispano, otro anglosajón. Eran camaradas, unidos entre sí por sus propios temores, teniéndose sólo a sí mismos como sostén. Formaban un pequeño grupo en medio de una guerra despiadada que los superaba ampliamente.

Hay mucho dolor en este mundo y tan solo una porción de dicho dolor ha sido causado por las guerras. Gran parte del resto es causado por otra clase de guerras: la violencia doméstica, comportamientos abusivos y cuestiones similares. Tú y yo podemos ayudar a otros en todos estos niveles. Un mundo pacífico empieza por nosotros mismos, por nuestro mundo individual, por nuestra propia paz interior. A ti y a mí se nos abre la oportunidad de ayudar a traer paz a nuestro planeta. ¡Tú y yo tenemos la oportunidad de hacer un cambio en el mundo!

Un caluroso abrazo, Gary

Traducido por Claudia Dehesa