El maestro de escuela de la ciudad había estado enfermo durante varios días y sus alumnos decidieron visitarle para darle ánimos.

El primer escolar se sorprendió por la apariencia ojerosa del maestro.

-¡Maestro! ¡Estás tan demacrado como un perro callejero!- gritó.

El segundo, un chaval de enorme sensibilidad, intentó tranquilizar al maestro.

-No te preocupes porque hayas perdido fuerzas. Pronto recuperarás la salud, te volverá el apetito. En nada de tiempo, estarás de nuevo tan gordo como un cerdo.

El maestro estaba ofendidísimo. En su estado de debilidad, se quejó a Nasrudín, su tercer visitante.

-¿A qué viene todo esto? Primero me llamáis perro, luego cerdo.

-Por favor, maestro, no te disgustes- le consoló Nasrudín-. Recuerda, nosotros tres somos sólo discípulos. Tú eres nuestro maestro. Y como es el maestro, así son los discípulos.