Por Carol Solomon, Ph.D.

Estaba bromeando con mi hija de 13 años y comencé a hacerle “tapping” a Molly, nuestra perra beagle de nueve años. De cachorra, Molly había sido maltratada y desatendida. Nosotros la adoptamos cuando tenía seis años, después de haber estado en un refugio para animales y haber vivido con diferentes familias. Molly estaba excedida de peso, era muy lenta y no sabía jugar. Aunque se puede hacer “tapping” en sustitución con las mascotas, yo intenté hacerlo en el lugar donde el “punto sensible” estaría en su pecho.

Aunque no sé jugar, soy una perra genial de todos modos…

Aunque me gusta estar echada en el sofá todo el día, nosotros te amamos de todos modos…

Mi hija, que se rehúsa a dejar que yo le haga “tapping”, tomó parte. (¡Yo ni siquiera tenía idea que ella sabía como formular enunciados!)

Aunque eres una perra grande y gorda, todos nosotros te amamos.

Aunque duermes en el sofá todo el día cuando debieras salir a jugar y a divertirte, todos nosotros pensamos que eres adorable.

Aunque nadie te enseñó a jugar, nosotros te amamos y te aceptamos de todos modos.

Hicimos “tapping” en los puntos de la cara con enunciados como estos:

Duermo en el sofá todo el día

No sé jugar

Nunca nadie jugó conmigo

Me dejaban tranquila

Ahora puedo divertirme

Es hora de jugar y divertirme

Inmediatamente Molly se volvió mucho más juguetona – ¡nosotros no podíamos creer la diferencia! En realidad, después no podíamos hacer que dejara de jugar – corría por toda la casa. Ahora, cuando se pone demasiado activa, mi hija todavía dice “Mamá, es tu culpa – ¡le hiciste “tapping”! ¡Ahora vas a tener que deshacerlo!

Con afecto,

Carol Solomon, Ph.D. MCC

Traducido al castellano por Laura Livov Escribir a Laura