Nunca estamos realmente impotentes

El miedo crece en la medida en que perdemos nuestra voz y nuestro poder y por lo tanto nos sentimos impotentes y sin esperanza. La sanación viene cuando recuperamos nuestra voz y ejercemos nuestro poder. Como Walte Wink escribe: “No existe tal cosa como la impotencia objetiva. Nuestra creencia de que somos impotentes es una seña segura de que hemos sido engañados”.

algunas veces podemos usar nuestro poder para hacer cambios inmediatos y evidentes en el mundo exterior. Ya sea que eso suceda o no, siempre podemos cambiar nuestro propio mundo interior, lo cual a largo plazo también cambia el mundo exterior. Considera la siguiente historia, contada por una mujer que estuvo escondida de los nazis en su niñez:

Una vez no habíamos comido desde hacía un buen rato y todo lo que teníamos era una zanahoria blanda. Una sola zanahoria. Debía tener algunos días de antigüedad. Se doblaba. Era la temporada del Janucá, y yo sentía una tristeza enorme porque eso era todo lo que teníamos. Si yo hubiera sabido lo que en ese momento estaba pasando con otro niños judíos y sus familias, me habría considerado muy afortunada. Todo lo que sabía en esa época era que teníamos que volvernos como los gitanos, siempre en movimiento y sin un lugar que pudiera ser seguro para nosotros. Nuestra ropa estaba sucia; no podíamos tomar un baño caliente o sentarnos ante una mesa y charlar o tener alguna normalidad en absoluto.

Esa noche en particular nos ocultábamos en un granero durmiendo sobre el heno. Sentía lástima de mí misma. Le dije a mi padre: “Es el Janucá. Ni siquiera tenemos una luz de menorá”.estrellas

Mi padre dijo: “¿Cómo que no tenemos una menorá de Janucá? ¡Tenemos la más hermosa menorá posible!” Al decirlo, abrió un poco la puerta, señaló hacia arriba y dijo: “Mira hacia el cielo”. Estábamos en algún lugar en el campo. Era una noche muy oscura, de manera que las estrellas brillaban mucho., Él dijo: “Elije un shammash”. (l shammash es la vela principal en una menorá o candelabro): Escogí la estrella más brillante. Mi padre dijo: “Bien. Ahora elijamos las otras ocho velas”. Así que escogimos las otras ocho velas y encendimos una menorá en el cielo.

¡Fue hermoso! Tan cerca del cielo y cerca de Dios. Entonces volvimos al interior del granero y jugamos con una perinola imaginaria. La girábamos y entonces mencionábamos lo que habíamos ganado. Como era de esperarse, ¡yo gané! El premio fue la zanahoria, que hacía apenas unos momentos había sido símbolo de privación, tristeza y pérdida, de pronto se convirtió en un preciado tesoro.

Magnánimamente, compartí esa zanahoria con toda la familia. En susurros, cantamos canciones de Janucá y me sentí maravillosa de ser judía. Aquél resultó ser probablemente el Janucá más memorable que he tenido, y el más alegre.

(historia extraída de The Hidden Children: The Secret Survivors of the Holocaust, Jane Marks)

Aunque mucho supervivientes al holocausto que fueron escondidos de los nazis en su niñez tienen profundas heridas emocionales, esta mujer destaca por su vitalidad y evidente salud emocional. Aun cuando la gratitud, el aprecio y el asombro no parecen cambiar exteriormente una situación de injusticia, pueden darnos el poder para salir completamente de ella.

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