He aquí un caso fascinante que resultará de especial utilidad a los profesionales que deseen mejorar sus habilidades lingüísticas.

El Dr. Alexander Lees, de Canadá, nos narra la historia de un joven furioso («David»), que siempre lleva la contraria y tiene tendencia a hacer justo lo opuesto de lo que se le dice, lo que, como es natural, supone un reto importante a la hora de conseguir que haga EFT. No es sólo que EFT parezca algo estúpido, sino que además viene con instrucciones sobre lo que hay que HACER. Es poco probable que alguien que siempre lleva la contraria obedezca, A MENOS, naturalmente, que la maestría en el uso del lenguaje pueda nivelar su actitud de «no puedes tener la razón».

Es justo lo que Alex hace… con maestría, además. Tal vez os interese imprimir el artículo y subrayar el lenguaje creativo.

Por Dr. Alexander Lees

«Tengo curiosidad, David,» le dije, » ¿cómo se puede reprobar un curso de control de la ira?» El muchacho estaba sentado en la silla, completamente hundido en ella, y golpeaba ociosamente la mesa de centro con el pie izquierdo.

Su mirada pareció llegar sólo a la altura de mis rodillas, antes de volver a un punto fijo situado a medio camino entre sus pies y los míos. «La gente suele decirme que se está mucho más cómodo en el sofá,» le ofrecí, mientras me giraba y me dirigía hacia MI silla. David se me adelantó, se sentó en ella y, desde esa posición, su pie izquierdo exploraba el borde de la mesa de centro.

«No fue culpa mía; el instructor me provocó,» respondió David. «¿Y te pagó por pegarle?» le pregunté al ver que aferraba un puñado de billetes con la mano izquierda. «Qué va, ¡mamá me dijo que sólo podíamos permitirnos dos visitas y que, si no funciona, me mandará a Maples, pero me da igual!» (Maples es una cárcel juvenil, en la que las camas están atornilladas al suelo, los cristales de acero inoxidable están firmemente clavados a las paredes y la comida viene con utensilios de plástico, que hay volver a contar antes de que los “internos” regresen a sus “habitaciones”.)

Cuando empecé en esta profesión, el comportamiento de David me habría molestado fácilmente, algo que habría puesto de manifiesto con bastante facilidad. Podría haber dicho «mira David, ésta es mi oficina, tengo que estar aquí sentado todo el día y ésa es mi silla. No tienes límites, no respetas a los demás ni a ti mismo, y ése es el motivo por el que estás en líos.» Podríamos habernos visto atrapados en esta situación fácilmente y entonces David le diría a los guardias, «El tipo me provocó; no fue culpa mía.» Ahora que soy mucho mayor, y algo más sabio, procedí de la forma siguiente.

Para empezar, la voz interior a la que de vez en cuando presto atención me dijo que David era muy quinestésico; es decir, lo que siente en cada momento guía su comportamiento y, además, siempre llevaba la contraria. Los manuales nos dicen que estos individuos funcionan de forma distinta. La experiencia me ha demostrado que normalmente esto se basa en un sistema de creencias: estar de acuerdo con algo, puede conducirnos al dolor o a la desilusión.

Dado que sólo dos visitas no nos permitirían explorar todos los aspectos, la única opción era ser eficiente. «Bien, David,» empecé. «Has elegido la Silla del Terapeuta, pero no estoy seguro de que seas consciente de que, al hacerlo, una parte de ti sabe que eres el único que sabe cómo cambiar las cosas, y no los demás.» Durante un momento, mantuvimos contacto visual, y cuando empezó otra vez con el pie, su mirada volvió al suelo. «De todos modos, como no te lo crees, sé que tampoco creerás que no quieres “manejar” nada, sino librarte de ello.» Volvió a dejar de mover el pie.

«Y, como tu pie del NO ha dejado de moverse, te apuesto todo el dinero que tienes en la mano izquierda a que no puedes librarte de ello en dos sesiones.» «¿Mi pie del NO?» preguntó David. «¿Y qué pasa con un pie del SÍ?» «Así es”, dije yo, «Lo que queda es el pie del NO.» «Puedo hacer lo que quiera,» respondió David, con una sonrisa apuntando en el rostro. «Tú eres el terapeuta,» respondí, «y los terapeutas sólo necesitan herramientas, herramientas secretas, aunque supongo que no te funcionarían.»

«¿Qué pasa si funcionan?» preguntó David, cuyos ojos se hallaban ahora al nivel de mi pecho. «Me llevaré el dinero, lo que te molestará, te librarás de tu furia, e intentarás recuperarla, y tu madre te visitará los domingos cuando estés encerrado, y le pedirás que no lo haga.» «Esto no pasará» respondió David, que se hallaba sentado, entonces, inclinado hacia delante, estableciendo contacto visual. «David, se tarda demasiado en cambiar estas cosas, más de lo que puedes permitirte,» dije, suspirando, «he tenido a adultos que no son capaces de aprender La Técnica, acordarse de aplicarla y arreglarlo todo en un par de sesiones.»

«Además, tu problema es especial, único, no he conocido a ningún otro chico de 16 años que se acordara de hacer tapping en este punto (reverso psicológico) y decir, ‘Aunque mi furia está justificada, me acepto completa y profundamente,’ repetirlo tres veces, sintiéndolo de algún modo, y luego hacer tapping en estos otros puntos, tan bien como un profesional entrenado.»

Poco después de esta sesión, recibí la primera llamada de David. «¿Tienes más estructuras de palabras estúpidas que no funcionen?», dijo. «Claro, pero no pruebes con demasiadas a la vez,» afirmé. Entonces, le ofrecí a David las estructuras siguientes, «Aunque es probable que esto no funcione, me acepto completa y profundamente.» Luego, «Aunque la furia es un impulso que no puedo controlar, y hacer tapping en todos estos puntos probablemente no servirá de mucho, mi inconsciente trabaja también de maneras que no puedo controlar.» Y, finalmente, «Aunque la mayoría de los tipos de mi edad no pueden cambiar todo esto, yo sí puedo.»

En la segunda llamada, exploramos variaciones de dichos temas, validando aún más que era capaz de hacerlo, aunque la mayoría de sus colegas no lo fueran. Al final de la llamada me dijo «Por cierto, no me gusta cómo cortas el césped, me pasaré y te lo haré bien.» Cuando David se presentó, me alargó un sobre. «Le dije a mi madre que no te pagara, pero quería hacerlo de todos modos. ¿Has hablado con ella?» me preguntó David, mientras ponía en marcha el cortacésped. «¿Por qué?» le pregunté, con aspecto absorto. «Dijo que lo más probable era que yo no te diera el sobre,» dijo David, mientras arrancaba el cortacésped y la emprendía junto al seto. «Funciona mejor al máximo,» dijo gritando por encima del ruido. «No, no, esto es demasiado,» volvió a gritar, mientras reducía la potencia.

Ojalá pudiera decir que el éxito con David fue total. Aún así, el problema que presentaba (furia y violencia) estaba ahora bajo control. Seguía llevando siempre la contraria, pero tanto su madre como su profesor aprendieron rápidamente a ajustar su comportamiento con él. David había vuelto a ser admitido en la escuela por un período de prueba de tres meses. Al final de dicho periodo, David se presentó con un informe que decía, entre otras cosas: «Se observa cierta irritabilidad ocasional. No se han producido arrebatos. Felicidades, David.» Dirigí mi mirada a la altura de su pecho, luego la bajé y miré hacia la derecha y dije, «Es genial, David, pero no estoy seguro de que sea duradero.» «¿Quieres apostar algo?» me preguntó. Esta vez no lo hice.

Al finalizar el año académico, llamé a la madre de David. Me dijo que no habían vuelto a suspenderle, ni a expulsarlo, y que había superado el curso con una media de C . Antes de colgar, añadió “Oh, por cierto, espero que no le importe, pero le dije a David que seguramente era demasiado joven para enseñarme lo de los puntos secretos.» «¿Y qué pasó?» quise saber. «Me demostró que estaba equivocada,» me respondió, riendo.

Dr. Alexander R. Lees

Traducido por Eva Llobet Martí

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